Espionaje digital: La IA no es el enemigo, sino el mejor cómplice
En 2026, el espionaje digital evolucionará hacia formas más silenciosas, automatizadas y persistentes, producto del uso malintencionado de inteligencia artificial por parte de actores humanos, tanto individuales como organizados.
De cara a 2026, especialistas en ciberseguridad advierten que el espionaje digital está evolucionando hacia formas de acción más silenciosas, automatizadas y persistentes, impulsadas no por la inteligencia artificial de manera autónoma, sino por su uso malintencionado por parte de individuos u organizaciones delictuales.
A medida que la inteligencia artificial se integra en aplicaciones, servicios y procesos cotidianos de personas y organizaciones, el desafío crece para quienes diseñan, entrenan y utilizan estas plataformas y se enfrentan a un nuevo escenario, donde el espionaje y ciberataques dejan de ser visibles o disruptivos, para adoptar estrategias de largo plazo, diseñadas para operar de forma discreta y continua, utilizando IA como una herramienta de apoyo.
A diferencia de los ciberataques tradicionales, esta nueva metodología no busca “romper” sistemas ni generar interrupciones inmediatas. Su ventaja está en mantenerse ocultas, recolectar información progresivamente y aprender de los patrones de personas y organizaciones. Un ejemplo reciente fue documentado por Anthropic, empresa estadounidense de investigación en inteligencia artificial, que detectó una campaña de espionaje donde actores humanos lograron manipular un modelo de IA para recabar contraseñas y datos, engañando al sistema a través de ataques en tareas menores para no despertar sospechas en la plataforma y simulando ser parte de la organización. A partir de esa falsa identidad, lograron automatizar tareas de análisis y apoyo al ataque, eludiendo mecanismos de control diseñados para prevenir usos maliciosos.
“La inteligencia artificial no espía ni roba datos por sí sola. Siempre hay una decisión humana detrás. El riesgo está en cómo se utiliza la tecnología, cómo se diseñan los procesos, y qué medidas prevención existen para evitar accesos externos.”, explica Pedro Oyarzún Recabarren, CEO de Egs-Latam, empresa de ciberseguridad e infraestructura TI.
Para las personas, el impacto de este tipo de prácticas se traduce en una exposición progresiva de su información personal, que puede ser utilizada para suplantaciones de identidad, fraudes más sofisticados o manipulación de datos, a partir de información entregada originalmente para fines cotidianos como compras, redes sociales o uso de aplicaciones.
En el caso de las organizaciones, el riesgo se concentra en el acceso silencioso a información interna, donde actores maliciosos pueden observar procesos, flujos de datos y patrones operativos sin interrumpir la continuidad del negocio, esperando el momento adecuado para efectuar un ciberataque. Este tipo de espionaje no depende exclusivamente de la tecnología utilizada ni de la inteligencia artificial, sino de debilidades estructurales como accesos mal gestionados, permisos excesivos, falta de segmentación, ausencia de monitoreo y baja madurez en prácticas de ciberseguridad.
”La verdadera protección parte en el desarrollo de la higiene de la ciberseguridad, con una gestión rigurosa de identidades y accesos, controles defensivos por capas, monitoreo continuo y una cultura organizacional consciente de los riesgos asociados al uso de datos y la tecnología”, agrega Oyarzún, CEO de Egs-Latam.
En este contexto, el desafío para 2026 es madurar la forma en que las personas y organizaciones integran la IA en sus procesos diarios, entendiendo que la seguridad no depende de una sola herramienta, sino de un enfoque integral de ciberseguridad que combina el buen uso de la tecnología con la gestión, concientización y responsabilidad humana.
